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Reseñas Lij (octubre 2015)


Los devoradores de la Infancia
Mirta Gloria Fernández
Editorial: Comunicarte
Colección: La ventana indiscreta (Ensayos sobre Lij)
Córdoba, 2014
N° de Páginas: 140


Por Manuel Martínez (Lic. en Letras, por la UBA)

Para quienes nos apasionamos por el estudio de la LIJ, la edición de Los devoradores de la infancia es un acontecimiento notable. Se trata de un libro de ensayos escrito por la especialista en Literatura para la infancia Mirta Gloria Fernández. Publicado por la editorial argentina “Comunicarte” en coincidencia con el IV Simposio LIJ del Mercosur celebrado en 2004, el libro integra la colección “La ventana indiscreta” junto a las obras La aldea literaria de los niños, de María Adelia Díaz Rönner y Hacia una literatura sin adjetivos, de María Teresa Andruetto.

Siguiendo la senda trazada histórica por Phillipes Ariès, Robert Darnton y Jack Zipes, pero centrada en lo específicamente literario Mirta Gloria Fernández sostiene que el estudio de los cuentos del género maravilloso se constituye como relato ficcional de la historia de la infancia occidental. Por ese motivo, la lectura crítica de las publicaciones que se destinan a la infancia se realiza en paralelo al estudio de las representaciones de “infancia” que cada época histórica construye y negocia mediante  sus discursos sociales.
A través de una pormenorizada mención de los autores, los títulos de sus obras y las ilustraciones, bellamente reproducidas en las páginas del libro, el lector de Los devoradores de la infancia asiste al racconto de cinco etapas a través de las cuales la crueldad de los cuentos maravillosos fue recepcionada con delectación, asimilada con reparos, neutralizada, evaluada con ambigüedad y celebrada tanto por la gente menuda como por los mediadores de lectura adultos.
En los siete ensayos que integran el libro se estudian las formas de aparición del maltrato a la infancia en las producciones culturales destinadas a los niños y las niñas a lo largo de la historia. Fernández logra su objetivo mediante una sugestiva hipótesis de lectura que recupera el concepto bajtiniano de cronotopo para desentrañar el significado de los rastros dejados en los textos literarios por el personaje del “comeniños”, el devorador de infantes que en la LIJ recibe distintos nombres y adopta diferentes apariencias: bruja, ogro, monstruo, animal fabuloso, príncipes seductores y madres insufribles.

Desde siempre, incluso los pequeños menos temerarios han sido propensos a sucumbir con una sonrisa hechizada a las descripciones y las imágenes de la bruja Baba-Yaga, por ejemplo, que recorre los volúmenes antológicos de Afanásiev recolectando huesos humanos en una cacerola hirviente. No obstante, Fernández recuerda que cuando los escritores pertenecientes a la aristocracia y la burguesía se apropiaron de los cuentos folklóricos les imprimieron una matriz de sentidos conveniente a un contexto marcado por el incipiente proceso de escolarización. En Los devoradores de la infancia, esta pregunta acerca de los textos que los adultos elegimos para los niños sirve de introducción para un trabajo deslumbrante de literatura comparada entre Irulana y el ogronte, de Graciela Montes, publicado en el año 1995 y El globo, de Isol, libro álbum de 2002.
En palabras de la autora: “ambas producciones testimonian la construcción de destinatarios reflexivos, capaces de inferir procedimientos retóricos intrincados y de apropiarse de una compleja semiosis a partir de los juegos discursivos y plásticos propuestos por la ficción. En consecuencia podrían estar mostrando ciertos cambios interesantes relativos a la manera de configurar a los niños, por parte de la sociedad de fines del siglo XX y principios del XXI” (p. 44)
Al mismo tiempo que el personaje del comeniños prolifera bajo asombrosas formas mutantes (en las pantallas encantadas de Disney destellan la pavorosa simpatía de Shrek) tiene lugar en la LIJ una proliferación de figuras siniestras que serían la contraparte del comeniños. Fernández ilustra profusamente el protagonismo de personajes que asumen la venganza contra los representantes de los órdenes familiar, escolar y social. En el capítulo IV titulado ‘La venganza de la gente pequeña’ la autora se detiene en “la exacerbación de la parodia” presente en obras de autores como Saki, Bradbury, Sendak, Quiroga y Gorey. Destaca que su interés en dichos autores no pasa por “la insubordinación de sus personajes en sí, sino por el tratamiento estético de la tragedia familiar a través de la inversión de la ecuación joven víctima/ adulto victimario.” (p.81)
La mirada de los niños en los textos destella ansias de justicia. “Lo que parece haber cambiado en cuanto a las representaciones de la niñez es que los débiles empiezan a reclamar lugares sociales quizás desde un protagonismo que nos resulta amenazante.” (p. 90) En esta perspectiva, la Declaración de los Derechos del niño (1959) se lee como “el correlato de la puesta en duda de la confiabilidad de los adultos en su ejercicio de protectores de la niñez.” (p. 13) Por esa razón, la autora nos invita a tomar distancia de la “neurosis de felicidad” cuyo afán de disciplinamiento pretende expatriar al comeniños de los libros destinados a la infancia.
A partir del estudio de las discusiones en torno al canon de la LIJ en Argentina y de la relectura de las tensiones de los discursos provenientes de la pedagogía, la psicología y la teoría literaria en los años 1960 y 1970, Fernández reivindica la poética disparatada de María Elena Walsh y reencuentra en el absurdo de Javier Villafañe el vínculo inquietante y travieso que une a la infancia con el lenguaje.  
Los devoradores de la infancia ilustra una nueva forma de leer que se muestra sensible a la ironía y al tono paródico (y por momentos oscuro) que distingue a los textos más representativos de la literatura destinada a los niños. Esa forma de leer se traduce en una manera de asumir la escritura académica. En varios pasajes de su libro, Fernández traslada a la escritura el tono paródico y provocador del registro oral característico de sus clases en el Seminario de Literatura Infantil y Juvenil que dicta en la Universidad de Buenos Aires desde hace más de diez años.
En las aguas quietas del estanque de la crítica literaria, usualmente poco afecta a interesarse en libros pertenecientes a la LIJ, cuyo destino, a causa de dicha desatención, queda librado a la astucia y los intereses exclusivos del mercado editorial, la aparición de un libro como Los devoradores de la infancia se celebra.

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